2014/04/24

BERMEO

El lunes, aprovechando que todavía teníamos una día más de fiesta, nos acercamos a Bermeo. Cuando te vas aproximando por la carretera ya te empiezas a hacer una idea del encanto de este pueblo pesquero, situado entre la montaña vizcaína y el mar cantábrico. La villa ha vivido y vive de su puerto, uno de los más importantes del País Vasco, de la pesca de bajura y también de la de altura. Ahora en primavera llegan los barcos con anchoa y verdel y es magnífico ver cómo entran en puerto con sus cajas amarillas repletas de género.

El tiempo nos acompañó y pudimos disfrutar de estupendo paseo. Vimos un barco de piratas, cómo iban entrando algunos barcos con la carga de la semana, el muelle roto por los últimos temporales, la isla de Ízaro que solemos ver desde Laida...

La parte vieja se encarama a la difícil topografía y todo son escaleras y calles empinadas. Subimos a lo alto del pueblo por una de esas angostas escaleras que suben a lo alto llegando a dos de los miradores que se asoman al mar, el de Torrontero, donde está la Casa Torre Ercilla. Sobre los tejados se ve todo el paisaje marítimo y la brisa dándote en la cara es todo un regalo.  Después del esfuerzo, callejeamos un poco hasta la bonita plaza del Ayuntamiento y la iglesia de Santa María, para llegar a descansar antes de volver casa en el parque de Bermeo, al lado del Casino, mientras los peques jugaban en los columpios.

No comimos allí pero una buena sugerencia es disfrutar de los pinchos, rabas y txakolí que sirven en las tabernas y bares del Puerto Viejo, algo muy recomendable sobre todo con un día de primavera como aquél.

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